
Miro a esa niña que ya no es niña, es inexperta. No sabe qué resultados darán sus experimentos. Bailará sola y caerá en eternos huecos, esos agujeros que a mi me ocuparon de arrugas, nervios, de anclas perpetuas.
Entiendo, comprendo, escucho, hablo, te escucho de nuevo y te veo en todo y en nada, sos parte de lo que reflejo. Y vuelvo a ver a esa mujer que es niña, que se fue de su inocencia para probar lo extraño, lo desconocido. Lo cotidiano ahora es lo que el primer día fue fresco.
A veces la encuentro y le sonrío, le cuento historias que quizás no comprende. A veces la encuentro y le lloro, le pido por favor que no se descuide.
A veces la encuentro y la abrazo, le ruego que no se vaya, que se quede para acompañarme. A veces ni la encuentro y me asusta de la nada, me sorprende y se va por largo rato.
A veces no necesito buscarla, porque está arriba de mi espalda, la llevo a pasear, la suelto, me desprendo de ella y la despido. Le pregunto si va a volver, porque me aterra perderla y se esfuma en la vereda, se hace polvo y la pierdo.
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