sábado, 12 de octubre de 2013





Así vivía aquella mujer. Siempre estaba sola contándose secretos, riendo sin parar y murmurando cuando yo estaba cerca, como si no quisiera que escuche.

A veces se sentaba en la entrada de alguna casa y miraba a un punto fijo, pensaba, minutos, horas, se levantaba y seguía su camino.
¿Por qué sentía tanta intriga? Era un reflejo que se me iba de las manos, no lo podía alcanzar y a la vez me daba terror.

Aquel día, justo ese día en el que mi cuerpo estaba fuera de sí, en el que las palabras se me resbalaban y el alma ya se me había ennegrecido, tropecé con ella. Sentí algo terrible, me asusté como si fuera un monstruo, como si algo malo me fuese a pasar. Había tocado a aquella mujer casi inexistente para mí, incomprensible, demente y sin chances. Pero el suelo me atrapó. Tuve aquella sensación de caída en un sueño y me desmayé a su lado. Cuando desperté mi vista estaba nublada, una idea de espíritu vagaba por mi cuello. Pensé que podría ser algún síntoma luego del desmayo, nunca había tenido uno. ¿Cuánto tiempo pudo haber pasado? Esa mujer había desaparecido, pero el sol aún no se había escondido y los ruidos de la calle seguían resucitando.

Me levanté del piso, traté de olvidar aquella escena, deshacerme del tacto escalofriante, pero no pude. No se por qué pero una especie de culpa, arrepentimiento me inundaba el cuerpo, como si una criatura me habitase.
Me fui, la olvidé… Hoy no sé bien a qué mirar. Me toca el hombro alguna cosa y sin dudarlo lo examino, lo analizo y lo exprimo casi hasta terminarlo. Luego lo ingiero, tomo ese jugo concentrado de conclusiones y vomito creaciones. Me inhibe la calle, y pienso mucho antes de actuar.

Adiós, te digo. Me voy a recostar, tengo un peso en la espalda, un nudo, una contractura. Quizás este muy enferma.
Ayer tuve un sueño en el que me veía pura, virgen, inquieta, limpia, niña. Hoy me busqué por todos lados, ya casi me encuentro.

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